Los hijos de quien me robó la infancia y yo
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Me hacía falta, desde hace tantos años, acostar niños en mi cama. Tampoco lo esperaba, no era justo verlo en ese momento, con mis equilibrios afectados.
Su coche- el de mi hermano bestia- es negro, un sedán deportivo que no traspasa avenidas fibrosas. Es como un chiste familiar, que lo han visto abordar en él, calles a las afueras de la capital, porque su coche es su nave espacial, su liberadora, y también es bajísimo, en cada pare, alto u hoyo, tiene que desviarse. Me da bajones de ánimos escuchar el pitido del motor cuando se detiene. Es él, ladrón nocturno, el ducho y asesino, el de hijos, carteras, préstamos y filosofía de gángster. La escoria beneficiada, el envidioso, el que me desheredó la virtud de escribir literatura sin abuso, o él que me trajo al camino silencioso de las letras.
El paso de sus pies, es una inevitable aceleración de mi insolente cuerpo. A estas alturas tengo altibajos, dos tragos (pueden ser, ciertamente, dos columnas) de vodka, treinta y dos disparos de tequila y un poco de mareo altisonante, que viene de lados, y me tumba. Así que sí se empiedran las palabras, se trata de la sobriedad, inutilizada y avigorada, y la falta de limón.
-Hola- me dice. Bajan dos seres de su coche, saltan, vibran, pero yo no puedo pensar, no estoy cuerdo. No tengo docilidad, ni pensamiento, estoy inútil, estoy atascado. No soy, realmente, sí, respondo, como debería, pero mi mente no es una cosa que pueda describir, es sencillamente una línea transparente de la historia de choques de sentimientos que me da el asco y la permisividad para matar conjugada. Me faltan letras para expresar el corte de alma que me da su presencia.
El alcohol me deprime, pero ya yo lo estoy, así que no hace nada, mas que impedir que obre mi cuerpo a los mandos de mi mente. A mí me fastidia beber, pero lo hago, porque es adictivo que sea adictivo.
No pasamos palabra. El y yo, no hablamos nada cuerdo, desde que tengo uso de razón. A ciencia cierta, gracias a la distancia, siempre hay poco que decir, y pocas veces para vernos. Yo me alejo, para evitar su presencia. Y a veces, no me importa sí a él le gustaría hablar. ¿Y para qué lo quisiera yo ahora?. No quiero explicaciones de nada. Sólo no pensar, o dejarlo para después.
Vino traer a sus hijos a cuidados de mi madre, aún cuando sabe que mi madre no puede cuidarlos. Pero planeó, porque así es él, que mis tías estarían, y que ellas cuidarían de sus hijos. Mis sobrinos demandan la ingenuidad de su padre. Son tiernos, frívolos, inquietos, niños de verdad. No como Pinocho, no en manos de un carpintero.
Mis tías recibieron a los niños, los presentaron ante la cama que recoge el cuerpo de mi madre, afectado por una respiración que le demanda un descanso equilibrado del cuerpo. Mientras sé, que su mente no la dejará sanar, a menos que sane su alma, estoy aquí, a veces sin decir nada. No la veo herirme, aunque de momentos sí, pero no con la fuerza de antes. Me ignora, incluso, siendo la única entraña que le vigila en su soledad de salud. Mi madre me descarta, simplemente. Es sólo suponer que no estoy, o que tengo mi vida resuelta, porque eso aparento, silenciado. Pero no, no es así. La vida se me salió.
-Cuida a mis hijos- me dice el tonto. Yo quiero, ahí mismo, matarlo. Yo quiero, ahí mismo, que me diga porqué y sí lo sabe. Si sabe que su hermano, el que hace años no tiene novia, el exiliado, el azaroso, del que se rumora homosexualidad, sí ese, todavía recuerda con la magnitud que apretaba el torso a la flecha, con todo y el yermado espacio.
Los dos seres se acostumbran al hogar. Hacen con sus tácticas de monos, un nido de presión. Hacen un disturbio de la paz de mi guitarra. Me encerré en mi habitación, para no verlos. Para que no rosasen conmigo, la nena, que apenas aprende a decir palabras de cuatro sílabas, y el varón, el vivo retrato de mi hermano, pero dulce, ambiguo, odioso, que me convence con la ingenuidad.
Estuve en mi habitación dos horas, bebiendo una tras otra curvas etílicas. Me hacían rehén de muchos pensamientos. Entre ellos un riel inmenso, y una dona. Había un silencio en la sala. Supuse que mis sobrinos estaban dormidos. Quería, por efecto del alcohol, verlos así. No sé porqué. Ahí estaban, tirados sobre el sofá, con un lío de zapatos y dulces. Con las caritas sosegadas, con la inocencia que no tuve, la que me fue robada durmiendo. Así como ellos.
Mi cuerpo no actuaba dirigido por mi mente. Yo no sé cómo les sostuve las manos, o como despegué sus cuerpos de la superficie, y los abalancé a ponerse en pie. Estaba armándolos, con sus caras llenas de sueno. Con la fatiga del alcohol haciéndome de la gravedad de la tierra un eco.
-¿Qué sucede tío?- me pregunta, entre quejidos y virulencias el niño.
Vamos a mi habitación- les impongo. Me llevo al varón de las manos, y la niña, tan pequeña, inteligente, callada y alejada, que no entiende muchas palabras, pero sí sabe seguir el orden de los pies, nos persigue. Apretaba su muñeca, con fuerza. Dentro de mí, había un huracán. Mi lengua esgrimía sudores, y pastas de tomate oxidadas.
Quiero que se pongan de espaldas – les dije- ambos ahora. Apagué la luz de la habitación y cerré todas las ventanas. Me aseguré de estar completamente solo. Mis tías estaban en la planta superior, con mi madre. Rodé el petillo sobre el cerrojo. Me sudaba la mano sobre el mango curvilíneo del metal. Me sudaba por dentro, como un baño sauna, el corazón. Estaba estallando, mis hormonas, mi cuerpo, la sensación estar afligido sin solución, por el vértigo de tener unas manos límpidas en mis manos, y la espalda de dos niños, engendrados por el amor, quizá, pero hijos de mi bestia transformada. Se me filtraba el impulso de ser transparentado.
-¿Qué sucede tío?, estás raro- me dijo el niño, con una ternura alelada, pero perfecta. Supongo que notaron que en mis ojos no se vislumbraba ninguna paz acariciada, de esas que convencen a los niños de darle un abrazo a dueto, que es más cariñoso cuando llega del alma tierna e inocente.
-Voltéate, y tú también- les ordeno bruscamente- No quiero que vean lo que haré, no existió.
-Está muy oscuro aquí, tío. No me gusta la oscuridad- me dice el niño inquietado.
-Ya habrá luz, sólo será un segundo. Ahora no voltees, y quédense ahí.
-¿Es una sorpresa?- pregunta hundido, mezclado, perpetuado en su ingenuidad el chaval.
Me está matando, aun con doscientos grados de alcohol. Me mataba las obras, me mataba el tacto, me mataba el instinto, la sangre, la riqueza del hecho. Me estaba ahogando mientras la inocencia golpeaba con su cinto mi tercer pensamiento.
-Es una sorpresa, ¿vale?… ahora ya no preguntes, y no gires la cara hacia atrás, ¿estamos?- suelto su pequeño cuello, y mi mano izquierda se pone sobre el centro de su espalda, y la otra, sobre el centro de mis ojos.
Me navegan lágrimas sobre piedras, me navega el núcleo del cerebro sobre aguas infinitas e mi mente. Salen cinceles, profundos, cortantes, lagrimas de leopardo, en cada línea de liquido, se revive un recuerdo, uno emancipado, se pone de colores sobre mi mente. Corales intensos, y diamantes de cuatro quilates dibujan negros escenarios, ahí estoy. Mi mano sigue dibujándose sobre el torso del niño, cotejando mi acción, derribándome las pesas.
Las evidencias tocan el suelo. Está lloviendo sobre el mármol, y el acrílico. Se me escapa un chillido. El niño trata de voltearse. Lo sujeto fuertemente por los hombros, mientras la niña, ni siquiera siente.
Hubo un segundo en el que pensé desnudarlos. Es aquí, con la coma y el punto y con cinco segundos de respiración, que imaginé que los veía. Que encontraba la flor de lis. La marca, el sello. Que haría la historia. Pero fallecí:
-Debo decirles algo niños- enjugué mis charcos.
-Qué sucede tío?
-Que los amo mucho-no sostuve el llanto-Que yo los amo, más que su padre.
-Yo también- dice el grande, mientras la niña avispa los ojos.
-¿Papi?…-dice, y le brilla el círculo negro entre el avispero.
-Sí, papi, bebé.
-¿Dónde está?- pregunta.
-¿Quieres verlo? ¿Quieres a tu papi?- la sostengo en mis brazos y la hundo en mi cuerpo. No hay espacios cuando el niño abraza mi pierna, con carita de pena, porque ha visto a su tío llorar, mientras los corteja en su cariño infaltable.
-Sí… – Un rayo de luz, dibuja su frente.
Cuando mi hermano pisó la puerta de la casa, con sus dos hijos, imaginé que les hizo lo mismo que a mí, a ellos. Desnudarlos, exponerlos a la oscuridad, ponerlos en escenarios de abuso, traerlos a una habitación a soledad, esa era mi forma de saberlo. De saber sí tenían los tatuajes que llevé yo, y los que llevo aún, de sus manos tocando mi alma, roscando mi cuerpo a esta insalubridad de sentimientos lánguidos.
Los puse de espaldas porque no quería que me vieran llorar. “Los niños no lloran”, refrán de mi alma.
Mi hermano no le hizo daño a sus hijos. Ya lo confirmé. El sólo me dañó a mí. El sólo me daña a mí. Lo único que pasaría en esa habitación, con miles de litros de sustancias químicas deformables de la conducta y la prudencia, con millones de comentarios diciendo que soy un abusador, a decenios de que se reconozca que mi sexualidad no es más fuerte que mis principios, que ninguna de mis sexualidades tapan el sol con el que he bronceado todos los hechos de mi vida, ninguna, de ninguna forma, en ningún espectro, ninguna injusticia o justificación, ninguna broca nocturna que destruye mi sueño, ninguna llave, por más que espere y crea el mundo, me permitirán dañar, herir, morder sobre dona inocencia que corona a la infancia, sin redenciones, en lo más sencillo y hermoso de la vida. Que jamás vuelve, y se revive, sólo cuando decidimos ser niños eternamente.
-Sólo quería decirles eso. Y pueden dormir en mi cama. Están mas tranquilitos aquí. Mas tarde, compraremos millones de dulces, de miles colores, en todos los sitios que quieran. ¿Vale?…
-Mentiroso- me dice el niño-andas borrachín.
-Sí- dice la nena.
-¿No me crees?- pregunto.
-No – Mueve la cabeza positiva y se ríe.
-Ya verás- le digo.
Ya verá.
Tomás
PD Del Dios Administrador. El auto de este secreto es el mismo de Fui abusado por mi hermano y Amigo de la infancia.
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Loool, pense que se vengaría del hermano con los niños.
Me hacía falta, desde hace tantos años, acostar niños en mi cama.
En el fondo es una historia de mierda de redencion de un pedofilo que se complace en su misma mierda, como el quiltro callejero que se revuelca en la caca seca de caballo.
si tanto quisierai redimirte, no posteariai secretos para complacerte en tu balsamo de mierda
Por suerte los pedofilos ya no visitan este blog,saben ke la gente no los quiere aca.
Cero respeto pa los pedofilos ke se complacen en su mierda.
Suspenso en cada linea que escribiste, me quedo claro que el episodio dramatico que viviste con tu hermano, te llevaron a escribir de una forma maravillosa.
Lastima para algunas persona que no entienden de Literatura y que no pudieron leer el real mensaje.
Te deceo suerte y espero que algun dia lleges a publicar un libro, ya que encantada de la vida lo leo.
Mil bendiciones.
; )
Largo, aburrido, a ratos difícil de entender…..
Concretamente y resumido. El hombre violado por su hermano, se justífica y se atormenta de su vida, trata de ser bueno con los hijos de su hermano violador, que excusa!! que tormento!! que puta vida!!
Que culpa tienen los hijos de tu hermano!!
Por tu mente se instaló la duda!!
Solo falta concretar lo indesmentible!!
Tarde o temprano se cumplirá la ley del taleón.
Suicídate!! y que Dios te perdone!!
La verdad es que lo que mas necesitas es sacudirte del pasado. Mudate de esa casa, deja el alcohol y PERDONA. Me diras que tu hermano no tiene perdon. Dios perdona todas nuestras faltas, peores que esas cuando se lo pedimos de corazon y ademas, el beneficio del perdon, NO ES PARA QUIEN LO RECIBE. PROBABLEMENTE NI SE ENTERE. ES PARA QUIEN DA EL PERDON, porque se libera de un gran peso.
El perdonar no cambia el pasado, pero si cambia el futuro. Ya deja atras el pasado y comienza limpio en otro sitio y con nuevos planes. Quita los vicios, para que aparezcan las virtudes.