Amigo de la infancia

Videos Secretos Videos Secretos Videos Secretos Videos Secretos

21 - 25 años,Chile,Hombre secreto corregido por

He recorrido seis ciudades en línea hoy. La carretera parecía tener velocidad propia: me retraía y me apretaba sobre el pavimento. Ya estoy en casa, y eso no me da felicidad alguna. La noche anterior estuve llorando hasta las cuatro de la mañana, me explotaba un lado de la cabeza, tratando de no pensar en nada. No podía evitarlo, además no podía parar de escribir: “Si alguien hubiese estado ahí, algún amigo… quizá me hubiese salvado, lo delataríamos juntos, me ayudaría”. Sé que eso ahora de nada sirve. Sé que pensarlo me quita dos costillas, y lo ha hecho. Sé que será doloroso cuando descubra que estaba solo, que nadie podía ayudarme. Sé, pero insisto, pero no sé por qué.

Las imágenes llegaban axiales a mi cabeza: hubo un niño que se quedó en casa a dormir varias veces, y que dormía cerca de mi cama, cuando tenía 4 o 6 años. Era un familiar, pero no podía recordarlo. Sé que tenía una colección de monedas antiguas de poco valor, pesetas de menos de 5 centavos, de un bronce oxidado, y recuerdo inconexamente, que me dijo: “yo guardo estas monedas porque en el futuro valdrán mucho, como los coches antiguos valen ahora, y seré rico, en cambio, tú no”- Su ambición, desde niño era una marca sobre sus ojos, y yo sólo conozco a alguien así. Es mi primo, lo sé. Era él que venía a quedarse en casa algunas veces, sólo a él le podía interesar algo como eso. Era un infierno vivir ahí.

Recuerdo como ahora ese cuadrado de dormitorio. Las goteras filtrándose sobre los huecos de techo con el alero de aluminio. Los velones y las lámparas de gas con más sombras que luces, en claroscuro sobre los bloques de cemento rústico que desprendían polvo, o formaban una capa de moho sobre nuestros pies. No podría olvidarme del cielo precipitado, derramando agua sobre las melcochas, raspándose en pequeños coágulos crapulosos. No usábamos pijama. Pantalones cortos y remeras, dependiendo del tiempo. Para evitar a los zancudos, había una red, un mosquitero rosado que me atrofiaba la sinusitis de vez en cuando. Y cuando no podía respirar-casi todas las noches- me calmaba a mi mismo sobre la cama: -no te vas a morir- me decía a mí mismo.

Pero en esa misma casa también hubo composiciones mágicas. Mi abuela materna nos visitaba en septiembre, y dejaba caer monedas alrededor del suelo. No distinguí tan joven las intenciones con qué lo hacía, pero se pasaba por entre las habitaciones y se escuchaban caer las pesetas por todas partes. Mi mamá decía que estaba loca, que era una especie de frustración de la edad. Ahora creo que no. Mi abuela dejaba esas monedas ahí para M, mi primo. Para que sonriese cuando llegase, para verlo robar, para observarlo, para pillarlo, para castigarlo posteriormente. Mi abuela materna es como mi madre, con los mismos demonios, pero más villana.

He viajado tanto para ir a verlo. No pude controlarme. Alisté un equipaje lleno de medicamentos para el dolor, un antidepresivo recetado y una jeringa con insulina, por si me contagio de una diabetes severa en el encuentro. En la mañana llamé a su teléfono y le dije, algo ensimismado que necesitaba verlo. No le expliqué para qué. El estaba en mi mente, no sabía, necesitaba con pasión desequilibrada verlo, me dio un ataque de ansiedad y no pude evitarlo. Le dejé la nota a mi padre. Me subí a la camioneta, y sobre ella, con el motor en marcha en dirección a su casa, tan lejana, aun no sabía que le diría cuando llegara, no sabía siquiera porque me dirigía a él.

A veinte kilómetros lo supe: me ardió la parte frontal de mi cuerpo. Me visitó una víbora elástica en pleno cuello, me ahorcaba, me quitaba el color de la piel. Se me desbalanceó un poco la Escalade, me superó el coche, claudiqué en un estornudo del alma, sentí náuseas, molinetes en mi cabeza, tantos giros sobre el mismo punto, que se opacó el cristal de los ojos. Choqué el freno bruscamente, sentí como el flash de la muerte se volvía gelatinoso, di contra las llantas y el suelo húmedo, el cinturón se quebró cuando las bolsas de aire aprisionaron contra mi rostro: sabía que no moriría, pero no podía asemejar el susto.

Un policía se acercó a verme, reconoció mi rostro, a pesar de la cirugía de felicidad, y se aseguró de mi sobriedad, de mi presión y de mi completo equilibrio psicológico. Le dije que había tenido un recuerdo muy fuerte, y que no pude maniobrar el giro. Que estaba todo bien, y que continuaría. Me examinó durante unos minutos, me pidió llamar a un familiar (me hizo decirle a mi padre que necesitaba que me viniera a buscar a la ciudad donde vivía M, su sobrino), y luego me dejó ir con una sonrisa. Después del diálogo, fui a una cafetería cercana, y me senté una hora y doce minutos.

Creí, di por sentado, estaba seguro de que a M le había pasado lo mismo que a mí. Si estuvo en esa habitación a esa edad, si durmió al lado de mi cama, si respiraba allí, si estuvo despierto para escuchar mi silencioso gemido de escape de alma, si las manos que me tocaron, siempre insaciables, seguían ahí, si el no era tan distinto a mí, entonces era más que posible, que también llevase consigo la flor negra que extingue mi fortaleza viril. Juré que había sido. Lo pensé cierto, sin menoscabos, para mí fue tan real cuando ese cuarto de menguante se puso sobre mi ojo derecho en plena avenida, que ya no podía hacer nada.

Sentí que el dolor de todos estos años tomaba un color diferente en un arcoíris de mutilaciones internas. Sentí como me apretaba, esa serpiente el cuello. Si el estuvo ahí conmigo, y padeció todos estos años callado, como yo, si ha sobrevivido con el caudal de los sueños extraviados. Si le duele el rostro cuando se siente vivo, entonces no fui yo sólo. Y eso podría cambiarlo todo.

Seríamos el mejor equipo del mundo, reconstruiríamos con ilusión cada vertebra infectada. Sanaríamos odiando, cursaríamos cada sensación en un botiquín, juntos. Todo eso lo haríamos sin decir palabra y con un abrazo. Un “no estuviste solo”, un… “Dios no te odia a ti solamente”. Un cuartel de soles abiertos. Quizá, en el más hipotético de los pensamientos, mi dolor era mío, pero ahora, podría ser de dos. Imaginé que mi primo había vivido el calvario del abuso sexual como yo. Me ilusioné porque, sería diferente saber que no has sido la única víctima de un agresor. Todos estos años he trabajado con ardid en mi mente, que soy sólo una víctima. Pero ser la única víctima es lo más doloroso. Traté de sacarme la idea de que me merecía la crueldad con la que me trató, traté… tantas cosas. Pero nada me alivió la carga. Nada… me esperancé en hablar con algún humano, que me entienda.

Es (sin palabras), cuando alguien pone en duda el hueco mas hediondo de tu vida. Me dan ganas de matarme en colectivo. Hacer un suicidio de gente sin corazón. Amarrarlos conmigo a una soga, y enviarnos juntos al infierno, de paso bajarme los pantalones y enseñarles como se queda el cuerpo, cuando te bruñen el alma.

Mi primo era para mí la alcancía del sol, de la luz en esta oscuridad infinita. Ahorraría con él, cada peseta del universo de sueños distraídos, andando juntos por la vida. ¿Por qué me hizo daño a mi sólo?… si es un abusador… si yo lo sé. Si es lo mas cuerdo que alcanzo a pensar para soportarme la infancia. A mí me destruyeron los conceptos humanos y los yerros de la razón. Pero… no puedo disecarme en el punto donde, todo indica que sólo he sido yo, todos estos años. Mi abusador, mi hermano, no es pederasta, no es pedófilo. Es un trastornado sexual, algo autista. Este es mi caos de existencia: tengo que odiar a algo, pero no sé a qué. Aunque lo mataría, si tuviese yo, cuatro años otra vez, sólo así.

-Hola primo.
-Hola… M.
-He sabido justo hace unas horas, que has tenido problemas en los últimos meses. ¿Por qué no me dijiste nada?
-No lo sé, tú sabes que siempre me ha costado mucho pedir las cosas que necesito.
-Nunca visitas a la familia, desde pequeños, te gustaba más la casa que afuera, al menos eso parecía… en fin , ¿Cómo va todo? y ¿Qué sucede que te veo esa cara de amargura?
-Necesito preguntarte algo. Haz un esfuerzo enorme de recordar. Y no te aflijas.
-Puedes decirme-se aflige.
-¿Recuerdas de qué color eran las sábanas con las qué me cubría cuando tenía cuatro años y dormías en el catre izquierdo, al lado del ventanal, al lado de mi cama, ese día, que tenía yo una remera de rayas, y un pantalón fuerteazul, pero que no quería dormir, que me la pasaba chupándome el pulgar, y con las manos metidas al pantalón, con el cuerpo inmóvil, como si fuese un inválido, sin ganas de volver a moverme, … recuerdas el color de las paredes, que tan oscuro estaba el cuarto… y la hora a la que se apagaba la luz… recuerdas alguna voz, algo extraño, o al menos esa cama en mi antigua casa?- me tapé los ojos bañando en lágrimas en la casa de un ser al que tenía tres años sin ver. Más de décadas sin hablarle como iguales. He sido un distanciado, pero sin remordimientos, yo anhelaba su respuesta.

-… Primo, lo siento-se acercó y puso su mano sobre mi espalda- no recuerdo nada.

Tomás

Secretos similares

«
»



19 Comentarios en el secreto 'Amigo de la infancia'


  1. Dios Administrador
  2. Arcayco
  3. Bit
  4. Campeón
  5. CBR
  6. Ben
  7. Ben
  8. Dios Administrador
  9. Ben
  10. Dios Administrador
  11. Ben
  12. almendra
  13. lilopez
  14. Dios Administrador
  15. Barbie Girl
  16. Daniel
  17. Campeón
  18. Alfunkso
  19. kathy

Comenta este secreto!




Atención: Comentarios con datos personales, MAYÚSCULAS o absurdos serán marcados como SPAM y luego eliminados.
Comentarios ofensivos e injustificados a nuestros editores serán eliminados. Repórtalos acá.